Infancia, bicicletas y parches de llantas

Eran los cincuentas. Se empezaban a sentir en el Perú los efectos benéficos de la guerra de Corea. Eran años de infancia, sueños e ilusión. De travesuras y fútbol. Años de barrio y de patotas. De patines y bicicletas. Nos gobernaba un Presidente que la propaganda política vendía como ´El General de la alegría´…: “Que viva que viva viva, que viva mi General, con él viene la alegría, viva el General Odría”. Más que obvio que el Presidente –más allá de la tonadilla de la propaganda radial- no era parte de nuestras ilusiones de niños y adolescentes en ciernes. 

La Punta. En sus calles transcurría nuestra felicidad. Distrito de casas con las puertas siempre abiertas y donde entrábamos, entonces, a cualquier hora. Bien sea a almorzar, comer o charlar con el amigo. Y las apetecibles bicicletas Raleight y Monark nos permitían explorar otros barrios y conocer y reconocer amigos y también ´enemigos´ de otras patotas.

Había para nosotros un personaje clave: el bicicletero. Lo recuerdo amable, entrado en años, sabio y paciente. Lo visitábamos con frecuencia para que las hoy bicas, entonces llamadas bicicletas, anduviesen siempre prestas para la aventura. Y era el experto –lo tengo en la retina del recuerdo- en poner parches a las cámaras de nuestras extensiones motrices. Sí, las bicis.

Yo no tenía bicicleta. Iba siempre sentado sobre el timón o el fierro que para tal fin ellas tenían. En verdad, la quería, pero la solidaridad de los amigos que sí la poseían me hacía olvidar su ausencia. Total, me movilizaba con ellos.

Hasta que un día – sin mediar una ocasión especial como un cumpleaños o un merecimiento- vi a mi padre descender de un taxi con un objeto perfectamente embalado. Una joya de embalaje, por lo demás. Lo vi desde la ventana y escaleras abajo me llevé la sorpresa de lo que la forma del embalaje prometía. Se trataba de una bicicleta Garozzo, codiciada entre las codiciadas. Sin pedírselo, aquel hombre bueno y comprensivo había hecho un gran esfuerzo para regalarle al hijo un signo de independencia.

Pero como dice Cortázar en su excelente cuento Instrucciones para dar cuerda al reloj, cuando te regalan algo –en su cuento, el reloj- tú eres el regalado. Pues asumes el compromiso de mantener ese obsequio siempre flamante para el orgullo paterno.

Y entonces las habituales escasas propinas tuvieron un nuevo destino: la bicicleta. Y particularmente las visitas al bicicletero para parchar las cámaras de llantas que no sabían de la palabra parar. Y al desconocer la palabra –como ocurre con tantas cosas en la vida – esas cámaras inocentemente se iban pinchando de huecos y los parches multiplicándose al costo de la cada vez más escasa propina.

Los parches se sucedían uno a otro, como es lógico. Y nuestro bicicletero, ante nuestros ruegos, trataba de hacer milagros por salvar la cámara. Hasta que llegó el día en que aquel hombre sabio me dijo: No hay remedio, hay que cambiar la cámara, ya hemos puesto demasiados parches casi uno sobre otro. Y así volverás cada día a pie con tu bicicleta rodando y la llanta baja; pues no podrá caminar más.

El mundo político no se detuvo en Port Royal

Si bien los gramáticos de Port Royal ya en el siglo XVII, con Arnauld y Lancelot, nos habían dicho que el lenguaje y la vida misma obedecían a las leyes de la lógica y entonces símbolos y objetos tenían que obsolescerse con el uso, el Organicismo Alemán de Von Humboldt en el XIX con su concepción de que la vida toda no es ergon (producto) sino energeia (actividad constante), ese mismo organicismo –digo- nos señalaba que los parches debían reemplazarse por cámaras nuevas si queríamos seguir andando. A fin de cuentas un parche era remedio parcial de un ergon transitorio que la energeia debía transmutar en una verdadera y nueva cámara.

Ciertamente no íbamos a ir muy lejos negando la obsolescencia. A no ser que deseásemos volver a pie donde el bicicletero, rodando la bica, porque la cámara no aguantaba para más.

Bastante de eso está ocurriendo con la política y por eso es válida la analogía con las cámaras, los parches y las bicicletas. Me temo que mucho de lo  que se plantea como reforma no deja de ser sino simplemente parche para la obsolescencia. Al pensar en solo parchar, no podemos seguir caminando. Más aún cuando los caminos se han vuelto inéditos y velozmente cambiantes con el advenimiento de nuevas tecnologías.

Insidiae praeterita

En los años sesenta ocurrió una feliz coincidencia para la ciencia. En un breve lapso cinco académicos de diferentes instituciones y diferentes disciplinas, que no se conocían entre sí, arribaron a una misma conclusión básica: las tecnologías de la información, con prescindencia de su contenido, terminan por cambiar totalmente nuestras sociedades.

Y este cambio afecta no solo nuestras propias interacciones sociales, sino también el modo como nos organizamos política y socialmente y aun nuestros modos cognitivos y axiológicos.

Esas cinco mentes brillantes fueron Lévi-Strauss, Havelock, Mcluhan, y Goody y Watt. Ellos estudiaron las profundas transformaciones que sufrieron las sociedades orales con el advenimiento de la imprenta. Confrontaron mundos orales con el impacto de las escrituras fonéticas y dimensionaron su alcance social. El evolucionista Ernst Mayr –cultor de las llamadas ciencias duras- confirmó el aserto.

Lamentablemente la profundidad del pensamiento de estos autores –no sabemos si por intereses u otra razones- pasó desapercibido entre nosotros. Precisamente entre nosotros tan urgidos de una luz que nos ayudase a elucidar la brecha entre lo oral que persistía y lo escribal que se entretejía como dominante. Curiosamente y acercándonos más en el tiempo, corrió también una suerte de oscurantismo y silencio crítico el extraordinario libro Escribir en el aire de Antonio Cornejo Polar, debajo de cuyo intento de explicar la heterogeneidad socio cultural de las literaturas andinas subyacían los encuentros y desencuentros entre lo oral y lo escrito como factor de legitimidad.

Sin entrar en detalles, cuánto hubiese servido a una sociedad como la nuestra una buena lectura de estos seis autores en su debido momento. Es por eso que decimos – como lo señala el título de este parágrafo – el pasado es (a veces) traición. 

Cabe mencionar que los autores señalados no tuvieron el tiempo, quizás, para reflexionar sobre el hecho de que estaban hablando –desde Occidente- de escritura en general. No se adentraron en los efectos y consecuencias de los diferentes tipos de escritura. Porque no se trataba solo de los efectos de la escritura sobre lo oral, sino de cómo diferentes caracteres pertenecientes a distintos códigos –fonéticos o ideográficos- moldean el ser espiritual de pueblos e individuos.    

Electronalidad y energeia

Pero la energeia de la que nos hablaba Humboldt nos ha llevado a la aparición de una nueva tecnología de la información: la electronalidad. Y acercando el lente del investigador ya no solo al fenómeno en su conjunto, sino investigando y analizando los caracteres que soportan la nueva tecnología, nos encontramos con asuntos más complejos que aquellos derivados de la simple oposición oral/escribal/electronal.

Hacerlo implicaba abandonar la excluyente mirada occidental y advertir otros tipos de escritura: los ideográficos. Porque la nueva escritura electronal –digámoslo ya y lo hemos escrito en diversos libros, particularmente en Nómades electronales– parece saber más de lo ideográfico que de lo fonético. Allí están la irrupción de los emojis y el éxito de Instagram. De caracteres que no representan sonidos sino sentimientos y pensamientos.

Rápidamente pasemos revista al asunto.

Tal vez por circunscribir nuestra mirada desde Occidente no habíamos advertido y menos estudiado las escrituras con caracteres pertenecientes a un código ideográfico. 

Repárese en las palabras que hemos puesto debajo de los ideogramas. Entre la palabra árbol que es escrita así, fonéticamente, y un árbol cualquiera ¿hay alguna relación de motivación? Repárese: la palabra árbol es totalmente arbitraria, pues pudo llamarse avión. Sin embargo el ideograma de árbol sí tiene que ver con el árbol, sí tiene que ver con aquello a lo que se refiere.

Mientras que occidente transitaba por la escritura fonética alfabética que sacralizaba aun la doble arbitrariedad (oral y escrita), otros pueblos transitaban escrituras ideográficas y motivaciones en la naturaleza del signo escrito. Con todo lo que significa ello de impronta cultural.

Maravillémonos con las cercanías y proximidades que el cuadro siguiente nos pone en evidencia.

El gráfico que antecede puede parecer un poco complejo, pero nos ayudará a entender mejor lo dicho y lo por decir porque aquí estamos, nuevamente, recurriendo ya a una comparación con lo que está ocurriendo hoy día con la electronalidad. Estamos hablando de escrituras y repercusiones. Y estamos hablando de un aspecto de la nueva escritura electronal, aquel de los emojis que constituyen la evolución de los emoticones, la evolución de las caritas felices.

Tienen ustedes allí por lo pronto una vinculación entre los emojis y los ideogramas. ¿En qué se encuentran estas dos escrituras frente a la escritura fonética? Tienen ustedes en el gráfico emojis e ideogramas que se corresponderían mutuamente. Visualmente, nos damos cuenta de inmediato de  que son parecidos De hecho percibimos que hay una mayor proximidad de los emojis con los ideogramas que entre emojis e ideogramas respecto a las palabras luna, árbol, y otras que figuran allí en el gráfico. ¿En qué consiste esta mayor cercanía? Es simple: motivación frente a doble arbitrariedad. Hablamos de caracteres vinculados a la realidad real en el caso de los ideogramas y vinculados a la realidad virtual en el caso de los emojis.

Emojis e ideogramas nos sitúan antes constructos que están atentos el mundo de las ideas sí, pero a partir de las cosas, no desvinculados de ellas, no reemplazándolas. Cosas físicamente existentes o virtualmente existentes. En cambio, en la escritura fonética y ya lo veíamos anteriormente: doble arbitrariedad. La palabra hablada no es motivada, es arbitraria respecto a la realidad y la escritura también lo es. Entonces, tenemos caracteres vinculados  o desvinculados de la realidad por la naturaleza del signo y del código, según el sistema cultural al cual nos adscribamos.

En el mundo de la escritura fonética no solo tenemos caracteres desvinculados de la realidad real, es decir no motivados, sino tenemos elementos que propician/condicionan una abstracción segmentada, representativa a distancia y clasificatoria. Lo decíamos anteriormente: yo impongo un orden a la realidad, yo decido quiénes son buenos y quiénes son malos; y cómo tienen que ser los buenos y cómo tienen que ser los malos, qué característica tienen que tener prescindiendo de una realidad. A mí se me ocurre que son buenos estos y son malos los otros arbitrariamente; y vía la convencionalidad esto aparece como algo «natural». Todo ello propicia, entonces, que el mundo de las cosas exista a partir del mundo de las ideas. Si yo digo que esto es bueno, existe como bueno. Si digo que es malo, existe como malo. Entonces, aquí nos encontramos con una consecuencia importante que es cultural y que explica intolerancias y no poca violencia derivada de discursos políticos o religiosos.

Y encontramos una ventaja más al haber comparado escrituras motivadas y arbitrarias. Muchas personas podrían extrañarse de la facilidad que tenía, por ejemplo, la China para adaptarse en el mundo contemporáneo no ideologizado. China es un ejemplo interesantísimo porque vivió un proceso largo de ideologización y con revoluciones culturales incluidas. Todos sabemos el proceso de China, desde su guerra civil y desde la toma de poder por parte del marxismo, leninismo, maoísmo. Ello significó la escuela pública férrea, información ideológica férrea y por eso hay muchas personas a las que les extraña cómo la China – una vez que abre su mundo al mundo- se reconvierte y adhiere al capitalismo. Extraño para algunos. Pero parte de la explicación está relacionada con aquello sobre lo que estamos reflexionando. Ciertamente en China adhirieron transitoriamente a un libreto ideológico escribal, pero su escritura ideográfica les da una apertura mental que no  puede ser aherrojada por la ideologización.

Europa y el Occidente todo sufren con el mundo electronal. ¿Cómo países altamente escribalizados están sufriendo crisis enormes con el advenimiento del  mundo electronal? ¿Cómo -desde el punto de vista semiótico –en los países en los que se mantuvo la vigencia del sistema cultural de la oralidad encontramos mayor facilidad para adherir a la electronalidad con ventaja? Lo hemos estado viendo: los vectores de la producción del sentido acercan el mundo oral al mundo electronal. Entonces, estamos ante una apertura mayor y no ante la rigidez que ha significado en el mundo occidental el imperio de una verdad sacralizada e inmutable que –lo sabemos- devino en cruzadas y procesos de ideologización.

Premunidos de las reflexiones anteriores – que brotan del análisis sincrónico y diacrónico de discursos- resulta ilustrativo visualizar el derrotero seguido por la escritura electronal que hoy comienza a saber más de ideográfica que de fonética. Entender ello alimentará la formulación de políticas públicas adecuadas. Y – más que obvio – mejorará la calidad de gestión.

 

«Buenos días, ten un lindo día». Esa sería la expresión codificada correctamente en la escritura alfabética; aquello que en el gráfico llamamos oración original. Si recordamos, en las redes sociales la gente comenzó a escribir como está en B, lo que técnicamente se llama «la primera consonantización», que significó que comenzaron a desaparecer las vocales:  comenzamos a escribir sin ellas. Y existían las vocales como iconos, tal como en  Internet; la “E” existía por Internet, pero, después ya no existía más. Y en C tenemos una muestra del corpus común estandarizado en jóvenes de 16 a 25 años,  una mixtura de palabra escrita y emojis. Nótese que incluso allí la A de días no existe como valor objetivado y ello posibilita que devenga en diaaaaaaaass. Vemos una serie de palabras de escritura alfabética ya modificada con emojis.

En la investigación cuando se hace con niños – por eso se habla de insipiencia, por lo etáreo y por la iniciación en el código de la escritura – ahí ya no hay palabras. Los emojis dominan como vemos en D. Los niños en el E –ciertamente más grandecitos- mezclan palabras con emojis, pero notarán que los emojis son largamente mayores que los usados por los jóvenes. Al visualizar el todo del gráfico que antecede notaremos un notable desplazamiento desde el ELLO OJETIVADO garantizado por la escritura plenamente alfabética (A: oración original) hacia el ELLO SUBJETIVADO.

Algunos autores prefieren, en vez de hablar de electronalidad, hablar de literacidad digital. Utilizar el término de literacidad digital atentaría contra el principio de interdependencia entre los metalenguajes y los objetos de estudio porque los conceptos en una ciencia tienen que estar referidos a aquello que tratan de describir. ¿Cómo puedo hablar yo de literacidad digital si lo que menos hay en la escritura electronal son letras? No podemos tratar de esconder lo que está ocurriendo por aquello que nos gustaría que fuese. Y da la impresión de que debajo del término de literacidad digital lo que hay es lo siguiente: esta escritura no cambia nada. Tiene solamente algunos dibujitos no más. Pero, sigue siendo el imperio de la letra. Sigue siendo el imperio de la escritura fonética. 

Clarisse Herrenschmitt nos subraya que la escritura desempeña un papel fundamental en la relación entre las cosas del lenguaje y las cosas del mundo (Herrenschmitt 1995). De donde –junto con las comprobaciones empíricas que hemos venido realizando- verificamos que el asunto de las escrituras no constituye una anécdota. El asunto de la opción por la escritura fonética o por la escritura ideográfica, y hoy por los emojis, no es un asunto pues anecdótico. Porque la escritura influye en el sentido de la conceptualización de la cultura toda. Y afecta – como es lógico – las políticas públicas. Recordemos que apertura y rigidez son categorías alimentadas por escrituras y ciertamente constituyen modos de ser, estar y hacer en el mundo: entonces, visiones del mundo. Sobre las cuales y a partir de las cuales hay que formular políticas públicas y establecer modelos de Estado y de su gestión.

El terror a las neurociencias

Estamos notando en mucho de la literatura denominada humanista si no un rechazo abierto a las neurociencias aplicadas al estudio de los fenómenos culturales, sutiles y no muy sutiles cuestionamientos a esa disciplina. Que, como sabemos -cuando proviene de laboratorio y no de la charlatanería- se convierte en una disciplina ancilar indispensable para el análisis de lo social, de lo político y aun de lo económico.

Casi todas esas voces provienen de quienes aún no admiten que el cambio de una tecnología de la información a otra supone irremediablemente un cambio en el software (modo de producir sentido) y en el hardware (cableado y operatividad cerebral). Por no abdicar de conceptos que creíamos inamovibles, caemos hasta en la propia traición al pasado. Y pretendemos explicar lo nuevo simplemente como una inercia cultural que no desdibuja nuestras creencias.

La Doctora Alba Richaudeau, neuropsicóloga, nos dice: «Las investigaciones demandan tiempo y los avances tecnológicos avanzan a una velocidad superior…Internet impacta en el funcionamiento cerebral…si bien ya hay ciertos estudios que dan cuenta de cómo el cerebro se está adaptando al nuevo medio».

Y en efecto. La multiplicación constante de aplicaciones que ofrece la tecnología electronal y su rápida penetración, pero a la vez su inmediata coexistencia con otras aplicaciones, hacen difícil para las neurociencias medir los efectos que una u otra aplicación ocasionan sobre el cerebro.

De hecho, las comprobaciones que hemos realizado sobre la escritura electronal y que hemos tenido oportunidad de ver aquí, podrían ser leídas sin embargo como si –conforme el niño va dejando de serlo- el uso de emoticones y emojis habrá de decrecer. Esto podría, ciertamente, tener algún grado de certeza a los ojos de una lectura superficial. Pero las comprobaciones hechas por nosotros nos hablan de que aun los llamados nativos digitales –nacidos entre 1980 y 1999, hoy ya adultos- siguen adhiriendo al mundo de los emoticones.

La lectura simple –no preocupada por el sentido de la larga duración- viene alimentando, por ejemplo, el uso del término plataformas. Una misma información podría ser vehiculizada a través de soportes orales, alfabéticos o electronales, y así el contenido de la información sería una variable independiente: siempre la misma. Sin embargo, comprobaciones ya realizadas desde las neurociencias nos ponen en la pista de que las llamadas plataformas no son inocuidades significativas y que constituyen, más bien, tecnologías cuya naturaleza distinta afecta el cableado y la perfomance cerebrales.

Dado que la semiótica no solo es un instrumento de decodificación descriptiva de signos, sino de búsqueda del sentido que los signos expresan, resulta imposible negar que la lectura semiológica suscribe también lo que pruebas empíricas de las neurociencias nos dicen: las escrituras nos ponen ante la evidencia de impactos en el funcionamiento cerebral y nos hablan acerca de su devenir.

Henry David Thoreau, al hablar del ferrocarril, nos advertía que «no nos montamos en las vías, ellas nos montan a nosotros». Y en esta misma línea John Culkin, de la Fordham University, subrayaba: «Formamos nuestras herramientas y luego ellas nos forman».

No cabe, entonces, aferrarse al inmovilismo y negar aquello que la comprobación  científica y los trabajos de campo van diciendo. De lo que se trata es de no emitir juicios y menos condenas sin antes comprobar la naturaleza y profundidad del cambio y los efectos que este conlleva.

Como resulta fácil advertir, la escritura mermó no solo nuestras competencias mnemotécnicas naturales, sino también significó una merma del poder de las personas de mayor edad en los grupos sociales. Y ya diferentes autores nos hacen reflexionar acerca de cómo la introducción de la escritura en sociedades orales pudo devenir en imperios: del tipo de dominación expansiva de Alejandro al Imperio de Carlomagno. Como también resulta ilustrativo pensar o repensar el hecho de cómo la introducción de la imprenta en la sociedad medieval fue larvando nacionalismos, individualismos y el mismo progreso de la ciencia y la tecnología tal cual las concebimos.

En lo que parecen convenir los cultores de la neurociencias, por lo pronto, es en el hecho empíricamente comprobado de la existencia de dos tipos de actividad cerebral: la secuencialidad lineal y la simultaneidad visual. Mientras la primera nos habla precisamente de sucesividades, linealidades, descomposición de datos y análisis, la segunda nos habla de simultaneidades, de percepciones holísticas y de síntesis. La secuencialidad lineal privilegia el hemisferio izquierdo del cerebro en contraste con la simultaneidad visual que privilegia el derecho.

Cierto es que los hemisferios cerebrales están bien conectados y están estructuralmente predispuestos a compartir información a través del cuerpo calloso. Cierto es que las diferencias funcionales entre ambos hemisferios no parecen ser encasillables del todo y que funciones habituales en uno u otro hemisferio pueden –ante un accidente, por ejemplo-  ser asumidas por el otro.

Sin embargo, no puede dejar de reconocerse que fueron los experimentos del Premio Nobel de Medicina, Roger Sperry, los que demostraron que los dos hemisferios cerebrales podían ser separados y que ambos podían funcionar como entidades autónomas que implicaban razonamientos diferentes. Si bien la preocupación de Sperry era la cura para la esquizofrenia y aun cuando la partición casi binaria del cerebro atendía a esta preocupación, su aporte resultaba extrapolable para las personas sanas. Un hombre sano puede privilegiar el uso de uno de los dos hemisferios. Y ello ocurre –y es comprobable en el análisis de los discursos- en la mente del usuario electronal que tiende a otorgar mayor peso al hemisferio derecho. Sin que esto signifique abdicar –como es más que obvio- del uso del otro hemisferio.

Las neurociencias reconocen que las facultades del habla –en los niños pequeños- comprometen ambos hemisferios. Pero reconocen también que hacia los 10 años, aproximadamente, ese dominio del lenguaje resulta tributario, en lo esencial, del hemisferio izquierdo. Donde la ciencia admite la asociación lenguaje/área de Broca y área de Wernicke.

¿Qué ocurre entre esos primeros años de concurrencia de ambos hemisferios y la proclividad hacia uno de ellos conforme el niño crece? Simplemente ocurre la presencia y huella de la escuela. Donde leer y escribir y el privilegiamiento de la mano derecha resultan en una auto amputación. Una sola mano, la derecha, y la propuesta de aprender a leer, escribir, sumar y restar alimentaban el imperio del hemisferio izquierdo en menoscabo del hemisferio derecho. La exactitud aparentemente objetiva de la escritura alfabética y del sistema numérico y la ausencia de todo otro tipo de lenguajes en la escuela hicieron particularmente de los niños –pues las niñas estuvieron largo tiempo excluidas del sistema educativo- individuos de lateralidad cerebral izquierda. Por añadidura -¿acaso no lo recordamos?- esa misma escuela y la cultura toda nos decían: «Los hombres no lloran».

Pero he aquí que las niñas también se incorporaron a la escuela; inicialmente bajo los mismos patterns que hemos descrito y que moldeaban los cerebros de los niños. Pero he aquí que la activación de las computadoras u ordenadores supone ambas manos y, por ende, ambos hemisferios. Y he aquí también que con la presencia invasiva de la electronalidad –lo hemos visto en los ejemplos que anteceden- la escritura alfabética parpadea, pierde mucho de su carácter objetivo y emoticones y emojis –unidos a otros estímulos visuales como videos o juegos en línea- parecen marcar pertinencias de sentido cultural en el devenir de escrituras y su vínculo con la configuración cerebral.

John McCrone había señalado que «Bajo el scanner el lenguaje estaba presente en los dos lados del cerebro, en áreas del cortex. Las áreas de la izquierda lidiaban con aspectos centrales, como la gramática y la producción de palabras, mientras que aspectos como la entonación y el énfasis hacían trabajar al lado derecho». Notemos que si bien se habla de la participación de los dos hemisferios en el lenguaje, se adscribe lo «objetivo» al hemisferio izquierdo y lo «subjetivo» al hemisferio derecho. Las nuevas escrituras electronales cargan supuestas objetividades –derivadas del uso de caracteres de la escritura alfabética- pero estas escrituras electronales saben también y más de subjetividades y afecto.

Todo lo anterior – desde el punto de vista de la semiótica y las neurociencias y a través de los testimonios de sus escrituras- nos acerca a comprender que el hombre electronal de hoy antes que ser juzgado requiere ser comprendido. El hombre electronal de hoy está dejando aceleradamente la secuencialidad lineal y asumiendo la simultaneidad visual. Como lo veremos más adelante, la naturaleza, estatuto y funciones del software electronal están afectando y reconfigurando el hardware cerebral. Las escrituras son, a la vez, expresión de configuración y configurante.

Un estudio del University College of London –realizado a partir del escaneado de la actividad cerebral- concluyó que las conexiones on line aumentaban el volumen de materia gris en tres regiones del cerebro, entre ellas la amígdala. Dadas las conexiones de esta con el neocortex y la corteza visual, resulta claro que el contacto con la electronalidad propicia la activación del sistema límbico y una predisposición hacia lo iconográfico.

En los tiempos que corren –ya signados por la electronalidad- padres de familia y profesores constatan una mayor creatividad en niños y jóvenes. Estudios de la Universidad Northwestern, en Estados Unidos, ponen en evidencia que los usuarios electronales, ciertamente más afectados por el bombardeo incesante de información, suelen ser más creativos. El pensamiento divergente, también llamado lateral, está alimentado con el desarrollo de una capacidad mayor para filtrar una información sensorial constante y permanente. Y sabemos que el pensamiento divergente, al codificar mentalmente varias soluciones sin obedecer a un patrón rígido de resolución, termina por favorecer la creatividad. No está demás señalar que el llamado pensamiento convergente parte de patrones de resolución convencionales.

El asunto anterior –aquel de la creatividad de niños y jóvenes electronales- parece no estar desvinculado, por cierto, de otros hallazgos de las neurociencias. Un estudio del University College of London confirma lo que la experiencia cotidiana nos dice: los usuarios electronales pueden realizar varias tareas simultáneamente. Ellos muestran más competencias y habilidades para hacer varias tareas y desarrollar más de un proceso mental a la vez.

El mismo estudio, sin embargo, ponía énfasis en el hecho de que los millennials –nacidos entre 1980 y 1999- y aquellos pertenecientes a la llamada generación Z –nacidos a partir del año 2000- perdían capacidad de concentración y competencias para hacerse de textos largos. Ellos focalizaban exclusivamente su atención en su interés específico, dejando de lado rasgos acaso objetivamente relevantes o importantes, pero que no satisfacían el interés de su búsqueda.

La llamada falta de atención o desconcentración de la que muchos nos solemos quejar tiene, pues, su trasfondo en los efectos que el sobre cableado cerebral viene produciendo la electronalidad. Queja que no pocas veces se convierte en censura e intento de correcciones coercitivas, que se incrementan cuando constatamos que niños y jóvenes se mudan de una página Web a otra con extrema facilidad y con poca fijación temporal. Tal vez si asociamos la «desconcentración» con el pensamiento divergente y con la expansión de la materia gris -a la que hemos hecho alusión- todo ello nos haga anteponer la comprensión a la censura a priori.

Si distinguimos – como se acepta científicamente – entre cognición descriptiva y cognición prescriptiva, tal vez podamos ahondar la comprensión de lo dicho hasta aquí. Porque mientras la cognición descriptiva pretende objetivar las cosas del mundo con relativa prescindencia del usuario del lenguaje, la cognición prescriptiva parece intuir la asociación inmediata entre el uso del conocimiento y la actuación. Ello supone empoderamiento de los lóbulos frontales y parece ser marca electronal.

Como lo afirmase Aleks Krotoski, en uno de los episodios de la serie The Virtual Revolution producida por la BBC y la Universidad Abierta del Reino Unido, «Parece bastante claro que, para bien o para mal, la generación más joven está siendo remodelada por la red».

Un incipiente estudio de la Academia China de Ciencias ha comprobado que el uso excesivo de la navegación por las redes sociales – aludiendo ya a conductas adictivas – desgasta la mielina. Aquella sustancia que cubre y preserva las fibras neuronales. Esta sustancia es considerada por muchos, en términos metafóricos, como carreteras de conectividad cerebral: la transmisión eléctrica en el sistema nervioso. Y el estudio demuestra que el desgaste de la mielina en los casos investigados por la Academia produce interferencias o interrupciones en la conectividad. Otros estudios parecen sugerir que también en casos no adictivos a la navegación en la red, se observa un adelgazamiento de la mielina y ello acelera la velocidad de la conexión; no exenta, por cierto, de saltos. Lo que explicaría los saltos entre Webs durante la navegación y la búsqueda en las redes.

En fin, es claro que – y toda la investigación neurocientífica apunta allí – la memoria de largo plazo se ve menoscabada en el hombre electronal, cuyo cerebro privilegia la memoria de corto plazo o memoria activa. Ciertamente las computadoras u ordenadores parecen estar cumpliendo mejor y más confiablemente la pervivencia de los recuerdos. A fin de cuentas, la mente humana tiene límites y sabe del olvido. Aún no hay suficiente investigación que demuestre fehacientemente que la electronalidad esté afectando la denominada memoria de trabajo; aquella encargada del procesamiento de la información almacenada temporalmente en la memoria de corto plazo. Resulta claro, sin embargo, que si descargamos parte de nuestra memoria en la computadora, ello podrá aligerar no solo el acceso a mayor información, sino se facilitaría una mayor capacidad de procesamiento y relación de la información. Como lo dice el profesor Gary Small, investigador de la UCLA y a propósito de los electronales: «Podemos mejorar nuestros tiempos de reacción frente a los estímulos visuales…Desarrollamos una mayor capacidad para tamizar rápidamente grandes cantidades de información y decidir qué es lo importante y lo que no nos interesa».

Subrayemos las últimas palabras de Small: «…decidir qué es lo importante y lo que no nos interesa». Búsquedas y ponderaciones personales. Neo córtex fortalecido para buscar acaso lo inhallable. De allí que la mayoría de estudios neurocientíficos convenga en señalar un acrecentamiento de la ansiedad como rasgo característico del hacer electronal.

Como señalamos al principio de este parágrafo, el estadio de las investigaciones en torno a las relaciones entre el software electronal y el hardware cerebral se tropieza permanentemente con las constantes aplicaciones que se activan en el mundo electronal. Ellas van dejando huellas parciales en el cerebro con mayor rapidez que aquello que alcanza a testimoniar la ciencia. Sin embargo, esto no niega que la palabra electrónica va afectando nuestro cableado cerebral, sino  más bien lo reafirma.

Si la semiótica es disciplina que estudia los signos y a través de ellos elucidar el sentido, no solo no podemos cerrar los ojos ante lo evidente. Más bien es bueno reflexionar y transitar  –aun cuando parezcan estremecedoras por momentos- con las palabras de Gary Small en una entrevista en Diarium de la Universidad de Salamanca: «En un futuro no muy distante tendremos la capacidad de monitorear y estimular la actividad de células cerebrales individuales. Los científicos ya cuentan con los aparatos necesarios para hacer esto, por medio de una proteína fotosensible controlada por luz láser, cuyos rayos podrán estimular a las neuronas. En breve también, podremos chequear y corregir nuestro circuito neuronal por medio de controles remotos…Tendremos también implantes mínimos en la cabeza, que le permitirán a nuestra mente conectarse a computadoras…A medida que nuestras computadoras se tornen más rápidas y más eficientes, y cuando esos implantes se vuelvan una norma, en lugar de discutir sobre la brecha cerebral ente generaciones, vamos a debatir las brechas que existen entre una computadora y un cerebro humano. Ese es uno de los temas que dominó la ficción  científica durante años. Como se ve, el futuro puede ser la ficción actual».

Para los incrédulos, cerramos este artículo con un video que ya no solo alude al software y al hardware sino a la propia morfología humana.

Dele «play» y accederá al futuro.

CONCLUSIÓN

Este es el mundo político, social y económico que adviene. Este es su mundo cultural. Y este es el público objetivo para el cual hay que diseñar sistemas de gestión. No hay otro. Un buen gestor público no es solo aquel que maneja eficientemente conocimientos y sabe administrarlos, sino es  aquel que – con anterioridad – sabe ´leer´ los signos que los destinatarios de las políticas públicas producen. La ciudadanía – el concepto y esencia misma – está en juego.